Hace nueve años tome la decisión de convivir con mi novio. Era el comienzo de una nueva vida para mí, vida que en algún momento se volvió una tortura. Desde el comienzo de la relación él me confesó que tenía una hija. Yo era joven, soltera, profesional, sin hijos y llena de muchas ilusiones. Siempre estuve dispuesta a tratar a su hija y como tenía muchos primitos pequeños en ese entonces, además de una sobrina, me consideraba una “experta” con los niños.
Las veces que había compartido con la niña me había percatado que era un poco engreída y siempre tenía un tantrum por algo. Una vez nos mudamos juntos los fines de semana que la niña venía de visita se volvieron literalmente una tortura. Desde su llegada monopolizaba la TV, durante ese fin de semana estaba destinada a ver muñequitos casi 24 horas. Las cosas eran como ella decía, cuando ella decía y me tuve que acostumbrar a frases como “cállate”, “tú no eres mi mamá”, “esto es mío”, “esta es la casa de MI papá”… En fin, tengo tantas anécdotas que podría escribir todo un libro.
Si malo era lidiar con la niña, peor fue hacerlo con el papá que para mí tenía el “síndrome de papá divorciado“. Una vez ella llegaba yo me convertía en un cero a la izquierda, mi opinión no valía, era como hacer una pausa en nuestra vida para rendirle pleitesía a su hija. Cuando un día tuve el atrevimiento de cuestionar su comportamiento la contestación fue la siguiente: “ella es mi hija y sólo la veo dos fines de semana al mes. Así que cuando ella este aquí, ella puede hacer lo que quiera”. Traté de plantearle la idea de que a la larga no le hacía un favor a su hija, pero eso de nada sirvió.
Nuestra relación se vio afectada, yo lloraba constantemente y me preguntaba por qué tenía que vivir aguantando esto. Tenía juventud, un buen trabajo, podía valerme por mí misma, pero en mi casa me enseñaron que los problemas hay que enfrentarlos y salir corriendo de allí era actuar como una cobarde. Así que busqué ayuda, fui a terapias y logramos tener una mejor comunicación de pareja, pero sobre todo, él abrió los ojos y se dio cuenta del error que cometía.
Este proceso duró unos años, pero después de nueve años y tres nuevos hijos, las cosas han cambiado mucho, me he sentido de alguna forma victoriosa de haber podido encaminar la relación y sentirme satisfecha con la vida que tengo ahora.
Ahora, si me preguntan qué relación tengo con la niña, que ahora es una adolescente, pues la historia es otra. Después de tantos insultos, tantrums, mentiras -como la vez que me culpó de tirarle la puerta y romperle el labio-, pues decidí que cuando ella estuviera en la casa yo seguiría mi vida como si ella no estuviera. Por ejemplo: Al principio ella monopolizaba la TV, luego decidí que cuando yo quería ver algo simplemente llegaba, decía voy a ver mi programa, y acto seguido cambiaba el canal. Allá iba la niña a dar la queja, pero yo estaba en todo mi derecho y así lo defendía. Antes planificaba actividades para que ella compartiera con mi familia, desde que decidí cambiar de actitud planificaba todo para cuando ella no estuviera y así de cierta forma la fui marginando de mi vida.
No justifico mi actitud y admito que quizás no fue la correcta, pues en vez de tener una relación cordial y saludable con ella, la relación entre nosotras acabó de morir. Me siento afortunada de que en los últimos años viene poco, así que son contadas las veces que tengo que lidiar con ella durante el año.
Recientemente conocí una chica joven, con un novio con una niña y me he sentido identificada con ella. Fuimos a almorzar juntas hace un par de días y me contó situaciones similares a las que yo tuve al principio. Actualmente está separada de él. Mi consejo más sincero fue decirle que si ella realmente estaba dispuesta a luchar que lo hiciera y que se mirara en mi espejo, pero que si de lo contrario podía rehacer su vida por otro lado que optara mejor por otro camino.
Pero como dicen: “en el corazón nadie manda” así que si al igual que mi amiga te encuentras en una situación similar y aún así decides continuar no dejes que al final te suceda como a mí. La verdad me habría gustado tener una mejor relación con mi hijastra, pero no es así. Es por esto que me di a la tarea de buscar qué recomiendan los expertos en el tema y te ofrezco algunos consejos que te pueden servir:
Los adultos deben comprender que de buenas a primeras, los niños pueden rechazar la nueva figura y cuestionar su autoridad. Inconscientemente perciben a la nueva pareja como su oponente.
Hay que estar conscientes además, de que estos cambios pueden causar sufrimiento en los niños y provocarles inseguridad.
Es aconsejable no adoptar el rol de mamá, pues ese lugar ya tiene dueña. Es mejor que la relación se vaya dando poco a poco y que sea el niño quien determine que rol tendrás en su vida.
La educación del niño debe ser determinada por su padre y madre biológicos, pero eso no debe excluir que se le haga cumplir las reglas del hogar con su nueva familia.
No trates de ganarte su cariño comprándolo con objetos materiales.
¡Mucho éxito en tu nueva relación!
Fuente: Buenos padres


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